miércoles, 23 de octubre de 2024

El Eco de la Modernidad en Pausa: “La enfermedad del domingo”

La enfermedad del domingo (2018) no es solo una película. Es un eco, un lejano murmullo que se despliega en el espacio del tiempo suspendido, donde la modernidad nos enfrenta a lo que más tememos: el vacío

La obra de Ramón Salazar no es tanto una historia como una contemplación, una sucesión de imágenes que abrazan la lentitud, dibujando un escenario donde lo urbano y lo rural se enredan en un silencioso duelo, tan antiguo como el ser humano. Aquí, el tiempo deja de ser una línea recta y se convierte en un espejo en el que nos miramos con inquietud.

La figura de Anabel (Susi Sánchez) se desmorona bajo el peso de sus silencios, esos que el lujo no puede ocultar. La ciudad, con sus vestiduras de alta costura y sus fiestas aburguesadas, es un escaparate de máscaras, donde cada sonrisa es un velo que oculta una profunda herida. 

Y es Chiara (Bárbara Lennie), esa sombra del pasado, quien rasga el telón, trayendo consigo el eco de la ausencia y el abandono. Lo que pide no es el reencuentro, sino diez días en el exilio de lo rural, donde el silencio es ensordecedor y el tiempo, un hilo suspendido.

Pero hay algo más en juego. El título mismo, La enfermedad del domingo, habla de un malestar que todos conocemos. Ese espacio entre lo que fuimos y lo que aún no somos. Los domingos son el filo entre el final y el comienzo, un tiempo que no es tiempo, una pausa que nos enfrenta a nuestro propio abismo. 

La modernidad, con su carrera constante hacia el “siempre más”, nos ha robado la capacidad de habitar ese intervalo, transformando el aburrimiento en una enfermedad que cargamos como un invisible lastre. Søren Kierkegaard ya lo advertía: es en ese vacío donde el ser entero se tambalea.

Salazar nos invita a sumergirnos en ese profundo lago, donde la muerte no es el fin, sino el espejo del tiempo. Porque en ese fluir tímido, casi imperceptible, de los días sin nombre, descubrimos que el correr no es el antídoto, sino el veneno. No hay fuga posible. 

El lago nos espera a todos, y en su reflejo, la verdad emerge: es en la pausa donde se revela lo que somos.

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