Ella, Ma Belle Sirène, se despierta en una oscuridad que no reconoce, como si el tiempo hubiera retrocedido a un lugar olvidado, uno en el que el sol aún no se atreve a revelarse. Algo dentro de Ella parece haber despertado antes que sus pensamientos, una inquietud que vibra desde lo más profundo de sus huesos, un llamado que su cuerpo comprende antes de que su mente lo haga.
Su cama, que antaño fue su refugio, su santuario, ya no la acepta; la expulsa suavemente, como quien invita a un íntimo exilio. Sin resistencia, se encuentra de pie, observando cómo los primeros destellos rojizos del amanecer rompen la negrura del horizonte.
Pero este nuevo despertar, lejos de ser plácido, la desconcierta. Da un paso hacia atrás y, de pronto, el suelo la recibe en su caída. Es allí, en el umbral entre el sueño y la realidad, donde lo conocido se disuelve: el lugar donde estaba su cama ahora es ocupado por un hombre que le ofrece su mano.
No siente miedo, sino una difusa familiaridad, como si este extraño fuera una desdibujada figura de su infancia, un eco lejano que ha vuelto para guiarla. Él no habla, pero sus gestos la conducen hacia la puerta, como si el mensaje fuera claro: ha llegado el momento de partir...