La lectura es ese río que olvida sus márgenes y se expande, como si el cuerpo, aún detenido y febril, fuera arrastrado por un desborde silencioso pero profundo. Hebe Uhart lo susurró alguna vez: «Quiero que me broten nuevas plumas», y en esa imagen se desvela el anhelo de un renacimiento, de una transformación que las palabras, al leer y al escribir, nos regalan.
Allí, donde antes la piel era solamente una superficie lisa, nacen nuevas alas. La lectura y la escritura se convierten en el lenguaje mismo mutando, haciéndonos ver lo oculto, lo no dicho.
Decirle al ojo que vea de nuevo, que lo contemple todo como si nunca antes lo hubiera hecho, es la invitación al festín de lo inexplorado.