Cuanto menos desarrollada está la mente de una persona, más necesita recurrir al gasto para llenar sus momentos de ocio, especialmente los fines de semana. Sin una capacidad para crear o disfrutar de algo que provenga de sí misma, depende completamente de lo externo, de lo que puede comprar, para llenar sus días.
Sin embargo, quien posee cultura, quien ha cultivado el pensamiento, puede encontrar en una conversación profunda, en las páginas de un buen libro o en la melodía de una pieza musical, una forma de disfrutar su tiempo de manera verdaderamente enriquecedora.
La riqueza que aporta el conocimiento y la reflexión no solo es accesible sin gastar grandes sumas, sino que perdura en el tiempo. Es una fortuna interior, más estable y duradera, que acompaña a la persona más allá de lo efímero, otorgándole una satisfacción que no puede comprarse ni agotarse.