Nowhere Man se inclinó lentamente, dejando un suave beso en las manos de Ma Belle Sirène, pero las sintió frías, ausentes, como si el calor que alguna vez compartieron se hubiera desvanecido por completo. Sin decir nada, Ella retiró sus manos, creando una distancia que él no podía cerrar.
Resignado, se dirigió hacia la puerta, recogió su chamarra y morral bajo la tenue luz de la lámpara de gas que apenas iluminaba el vestíbulo, y se dejó envolver por la otoñal noche. Era el final de un ciclo que, en su momento, había estado lleno de silencios que jamás supieron romper a tiempo.
Al salir al aire frío, las palabras que nunca pudo decir comenzaron a arder en su mente, como un tardío torrente de emociones que ahora resultaban inútiles. La elocuencia que tanto había anhelado brotaba en su interior, pero ya no tenía a quién ofrecérsela.
La noche lo recibió con su implacable indiferencia, y en esa oscuridad comprendió que algunos sentimientos nacen demasiado tarde, cuando ya no queda nadie que quiera escucharlos.